Me gustaría saber que es lo que hay por detrás de vuestras sonrisas y vuestras ilusiones de ver mi país. Un poco de miedo - me imagino -, un poco de emoción por ir a un país que esta situado al final de Europa, que tiene una playa hacía un mar que se llama Mar Negro, un país en el que Dracula es un personaje histórico convertido por un fascinante irlandés en el vampiro más famoso del mundo, un país en el que Transilvania deja de ser un espacio inventado, de ficción, y se convierte en un espacio geográfico.
Un país que mandó a España casi un millón de rumanos, algunos pobres, otros ladrones, otros honestos y orgullosos de ser rumanos, otros enseñando a sus hijos solamente el idioma español, para que se le limpie el siempre-recognoscible acento rumano en castellano.
Me imagino la tremenda curiosidad que tenéis, por un lado para verificar si todo lo que les he contado yo durante un año es sostenible, por otro lado para verificar vuestras propias imágenes sobre mi país.
Rumanía es un poco de todo y un poco mas. Es como un inmenso bazar oriental de mentalidades, placeres, mentiras, juegos, oscuridades, que siempre me acuerdan de una feria con espejos deformadores. Rumanía contorsiona la realidad, la ficción, la historia… Que pena que el surrealismo se inventó en otro país. Creo que la única definición posible del espacio rumano es que es un espacio surrealista.
Rumanía es mi país. Lo amo y lo odio igual. Llevo en mí el encanto de mis abuelos a ver el campo refrescado por las mañanas, y el disgusto de Emil Cioran, el filósofo de la nada, el que se arrepentía haber nacido en un país flojo, sin voluntad, sin control sobre su destino, un país al fin al cabo sin destino. Su destino siempre lo han hecho los demás. Los más poderosos.
Me acuerdo un chiste, que siempre lo odiaba. Los rumanos dicen a veces: Rumanía es un país maravilloso. Que pena que también tiene a los rumanos allí.
Pero no es así. Rumanía es un país maravilloso y tiene hombres y mujeres maravillosos. Como en cualquier otra parte del mundo. Y mi intención es presentarles algunos de ellos.
El mundo esta lleno de ciudades bonitas. De capitales uno más destacado que otros. Entre ellos Bucarest solamente tiene la mala fama de acoger el edificio más feo, el más grande de Europa y el segundo más grande del mundo después del Pentágon: Casa Poporului (La Casa del Pueblo), una ostentación de la magnitud tan impropia para la mentalidad humana. Ha sido el sueño del dictador. Un sueño que lo representa, lo hace todavía vivo. Ceausescu sigue vivo en Bucarest por este edificio, por miles de casas antibélicas que han caído por su orgullo enfermo, miles de historias, de vidas rotas, una ciudad maltratada que se busca una salida del infierno.
Bucarest es una huella del Oriente en un lado oscuro de Europa. Es una ciudad vanidosa y caprichosa, sorprendente en cada rincón, con una enorme discrepancia entre los grandes intelectuales que viven allí y lo desarrollan, y los demás, la masa casi deforme que intenta sobrevivir en una historia siempre – pero siempre – injusta con ellos.
Hay dos Bucarests, tal como hay dos Españas, tal como hay dos Rumanias.
Bucarest era conocido entre guerras como “el pequeño Paris”. Son muchos los cuentos y muchas las leyendas que describen la fascinación que ejercitaba, por ejemplo esta ciudad medio oriental, medio copiada según sus modelos más celebres: Viena, Paris, Roma. Pero también hay algo que todavía se puede sentir en la capital.
Me imagino que Bucarest y cualquier ciudad se puede visitar con facilidad: uno puede coger un autobús turístico y en medio día ya ha visto edificios, palacios, plazas, iglesias… Si es un autobús abierto, puede incluso sentir el olor de la ciudad, sus fantasmas áreas… Pero es más difícil encontrar personajes y destinos.
Lo que vamos a conocer el martes va a ser precisamente esto: personajes y sus vidas impresionantes, lugares ocultos, poco conocidos por los turistas, lugares que a penas las mencionan los guías.
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